Lectores

2 de octubre de 2012

Todo iba mal...


Me levante del sillón y caminé descalza hasta la ventanita de la cocina que al igual que la ventana del salón da a la parte de mi edificio, donde te sueles parar para esperarme. Esperaba que estuvieras ahí, pero no. Todo había cambiado... todo... Desde aquella discusión...

Fui a mi habitación con la intención de hacer los deberes. Abrí el libro de Naturales. Comencé a leer, pero cerré el libro de inmediato. No podía. Corrí aún descalza hasta la ventana del salón y me senté en el azulejo mirando por la ventana.

No aparecías. Tenía que acostumbrarme a no verte allí parado para esperarme... Pero no es tan fácil como parece. Una lágrima corrió por mi rostro y muchas más siguieron el camino que ella había recorrido.

Y ahí, sin darme cuenta, me quedé dormida. Recordándote, extrañándote.

Abrí los ojos y miré el reloj. Solo había dormido media hora y mi madre aún no había llegado, menos mal. Cambié mi mirada del reloj a la ventana. Y allí estabas. Mirando mi ventana, de pie. Sonreíste, te imité. Me puse unos zapatos y bajé corriendo.

Estaba sola, rodeada de gente con prisas. Pero no estabas por ningún lado. Todo iba mal... muy mal. Te podía ver en todos lados, pero siempre eras parte de mi imaginación. Me giré y comencé a caminar de nuevo hacia el edificio. Pero alguien me sujetó la mano.

-Ey, ¿ya te vas? -Tu voz.

Me giré lentamente. Y te vi, tu cara, tu mano aún agarrando la mía y una sonrisa en tus labios.

-Pensaba que... desde aquel día...

Pusiste tu dedo en mis labios.

-Estuve fuera desde aquello. Y comprendí que no podía estar sin ti. Te quiero.

 Posaste tus labios en los mios fundiéndonos así en un beso, un dulce y mágico beso.

-Te quiero. -Te susurré.

Y te besé y me seguiste el beso.

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